miércoles, 18 de noviembre de 2015

¡Hola!  La última tarea que nos habían asignado del blog era un relato de humor, y bueno, aquí está mi granito de arena. No se me da muy bien esto de contar cosas de risa, pero que conste que lo he intentado xD

NOTA: esto es pura ficción. Cualquier parecido con la realidad o con una persona real, viva o muerta, es pura coincidencia.

EL MANUAL DE EUROTISTIDIS.

Alicia estaba harta de sus profesores.

En realidad, harta era decir poco. No les soportaba, con sus arrogantes miradas, con sus palabras de desprecio. Y no soportaba tampoco cuando ponían, por ejemplo, más de veinte ejercicios para el día siguiente, o un trabajo SÚPER complicado para la semana siguiente (¿en serio? Venga ya, si son más de seis caras, por favor...)

Pero había un profesor en especial al que no soportaba.

Don Ovidio.

Su profesor de álgebra era sin duda alguna el profesor más malvado de la historia. Alicia estaba segura de que ese hombre, fuera del instituto, debía tener una vida realmente penosa, y por lo tanto estaba TAN amargado. Y encima hoy tenía examen con él. ¡Qué desgracia! ¿Qué había hecho Alicia para merecer esto?

De camino al aula de álgebra, pensando ya en todas las maneras que había de asesinar a alguien y no dejar pruebas, tropezó con algo y cayó al suelo, de manera que su mochila quedó encima de su cabeza y sus piernas dobladas dolorosamente.

“A ver si me he muerto y no tengo que hacer ningún examen”- pensó la niña esperanzada.

Pero al parecer, no había tenido esa suerte. Únicamente se había hecho un raspón en la rodilla, y perdido unos cuantos minutos, así que hoy llegaría tarde a primera hora.

Algo fastidiada, Alicia se incorporó y recogió del suelo el motivo de su caída.

“¿Un libro?”

Efectivamente, era un libro. Algo viejo y estropeado, pero un libro al fin y al cabo. Sus hojas parecían semi quemadas y su cubierta estaba fabricada con un material suave, muy suave.

La joven frunció el ceño, contrariada. El título, grabado de manera rudimentaria en la cubierta, estaba desfigurado por el paso del tiempo y no se podía leer. Pero al abrir el libro, -con mucho cuidado ya que parecía muy antiguo- descubrió que en las primeras páginas se leía este.

Y el título decía así: 'MANUAL DE SUPERVIVENCIA ESCOLAR, POR EUROTISTIDIS'.

Todavía más interesada que antes, comenzó a pasar páginas. En la primera, la que supuso que sería el prólogo, ponía: “Mi nombre es Eurotistidis, y soy aprendiz del viejo profesor Eratistótanes. Odio las matemáticas, que es la ciencia que él enseña. Pero un viejo hechicero llamado Alquímedes me mostró la receta del éxito para no aburrirse. ¿Quieres descubrirla, joven aprendiz? Sigue leyendo...”

Alicia sonrió. A lo mejor ese día no resultaba tan fatídico.


Cuando llegó a clase (diez minutos tarde, por cierto) tuvo que esperar otros veinte para que Don Ovidio la dejase entrar. El hombre tenía la costumbre de dejar esperando en la puerta a los alumnos que llegaban tarde.

Cuando por fin se pudo sentar en su sitio y le repartieron los exámenes, Alicia, con cuidado de que nadie le viese, sacó el libro de su mochila, y apoyándolo sobre su regazo -debajo del pupitre- comenzó a leer en voz baja.el hechizo que previamente había marcado entre las páginas con un poss-it.

Suttupulus suttupulus, suttupulus est. Descensus divertotorium suttupulus est. ¡Ovidius descensus facilis est!”

Nada más terminar de leer esto, el profesor comenzó a achatarse.

Achatarse.

LITERALMENTE.

Su cabeza estaba bajándose a sus pies. Trataba de separar su cuerpo, pero no podía. Su tronco se había achatado tanto que parecía una fiesta de michelines.

Don Ovidio se puso rojo como un tomate.

—¿¡PERO QUÉ PASA AQUÍÍÍ!? —rugió, acompañado de las carcajadas de sus alumnos. Le costaba hablar ya que su cara se había contraído tanto que parecía una gigantesca papada.

“Suttupulus suttupulus, suttupulus est. Descensus, ¡nein! Otrerust est.”—susurró Alicia, y Don Ovidio volvió a estar como estaba antes.

Sin embargo, esto no duró mucho tiempo. El viejo libro parecía haber perdido el control; sus páginas se agitaban movidas por una fuerza invisible y este parecía dar botes sobre el regazo de la niña.

El profesor se giró con una cara algo siniestra hacia Alicia.

—¿Me puede explicar —comenzó con una aterradora tranquilidad— qué eso eso, alumna?

Alicia tragó saliva. Las letras de la portada comenzaron a brillar. Ella misma sentía cómo le iluminaban, señalándola como la culpable. Incapaz de pensar en nada, arrojó lo más lejos que pudo el libro.

“Me debería haber estudiado mejor el tema” —pensó, y con resignación acompañó a Don Ovidio hasta el Aula de Convivencia.

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