¡Hola! La última tarea que nos habían asignado del blog era un relato de humor, y bueno, aquí está mi granito de arena. No se me da muy bien esto de contar cosas de risa, pero que conste que lo he intentado xD
NOTA: esto es pura ficción. Cualquier parecido con la realidad o con una persona real, viva o muerta, es pura coincidencia.
EL MANUAL DE
EUROTISTIDIS.
Alicia estaba harta de
sus profesores.
En realidad, harta era
decir poco. No les soportaba, con sus arrogantes miradas, con sus
palabras de desprecio. Y no soportaba tampoco cuando ponían, por
ejemplo, más de veinte ejercicios para el día siguiente, o un
trabajo SÚPER complicado para la semana siguiente (¿en serio? Venga
ya, si son más de seis caras, por favor...)
Pero había un profesor
en especial al que no soportaba.
Don Ovidio.
Su
profesor de álgebra era sin duda alguna el profesor más malvado de
la historia. Alicia estaba segura de que ese hombre, fuera del
instituto, debía tener una vida realmente penosa, y por lo tanto
estaba TAN amargado. Y encima hoy tenía examen con él. ¡Qué
desgracia! ¿Qué había hecho Alicia para merecer esto?
De
camino al aula de álgebra, pensando ya en todas las maneras que
había de asesinar a alguien y no dejar pruebas, tropezó con algo y
cayó al suelo, de manera que su mochila quedó encima de su cabeza y
sus piernas dobladas dolorosamente.
“A
ver si me he muerto y no tengo que hacer ningún examen”- pensó
la niña esperanzada.
Pero
al parecer, no había tenido esa suerte. Únicamente se había hecho
un raspón en la rodilla, y perdido unos cuantos minutos, así que
hoy llegaría tarde a primera hora.
Algo
fastidiada, Alicia se incorporó y recogió del suelo el motivo de su
caída.
“¿Un
libro?”
Efectivamente,
era un libro. Algo viejo y estropeado, pero un libro al fin y al
cabo. Sus hojas parecían semi quemadas y su cubierta estaba
fabricada con un material suave, muy suave.
La
joven frunció el ceño, contrariada. El título, grabado de manera
rudimentaria en la cubierta, estaba desfigurado por el paso del
tiempo y no se podía leer. Pero al abrir el libro, -con mucho
cuidado ya que parecía muy antiguo- descubrió que en las primeras
páginas se leía este.
Y
el título decía así: 'MANUAL DE SUPERVIVENCIA ESCOLAR, POR
EUROTISTIDIS'.
Todavía
más interesada que antes, comenzó a pasar páginas. En la primera,
la que supuso que sería el prólogo, ponía: “Mi nombre
es Eurotistidis, y soy aprendiz del viejo profesor Eratistótanes.
Odio las matemáticas, que es la ciencia que él enseña. Pero un
viejo hechicero llamado Alquímedes me mostró la receta del éxito
para no aburrirse. ¿Quieres descubrirla, joven aprendiz? Sigue
leyendo...”
Alicia
sonrió. A lo mejor ese día no resultaba tan fatídico.
Cuando
llegó a clase (diez minutos tarde, por cierto) tuvo que esperar
otros veinte para que Don Ovidio la dejase entrar. El hombre tenía
la costumbre de dejar esperando en la puerta a los alumnos que
llegaban tarde.
Cuando
por fin se pudo sentar en su sitio y le repartieron los exámenes,
Alicia, con cuidado de que nadie le viese, sacó el libro de su
mochila, y apoyándolo sobre su regazo -debajo del pupitre- comenzó
a leer en voz baja.el hechizo que previamente había marcado entre
las páginas con un poss-it.
“Suttupulus
suttupulus, suttupulus est. Descensus divertotorium suttupulus est.
¡Ovidius descensus facilis est!”
Nada
más terminar de leer esto, el profesor comenzó a achatarse.
Achatarse.
LITERALMENTE.
Su
cabeza estaba bajándose a sus pies. Trataba de separar su cuerpo,
pero no podía. Su tronco se había achatado tanto que parecía una
fiesta de michelines.
Don
Ovidio se puso rojo como un tomate.
—¿¡PERO
QUÉ PASA AQUÍÍÍ!? —rugió, acompañado de las carcajadas de sus
alumnos. Le costaba hablar ya que su cara se había contraído tanto
que parecía una gigantesca papada.
“Suttupulus
suttupulus, suttupulus est. Descensus, ¡nein! Otrerust est.”—susurró
Alicia, y Don Ovidio volvió a estar como estaba antes.
Sin
embargo, esto no duró mucho tiempo. El viejo libro parecía haber
perdido el control; sus páginas se agitaban movidas por una fuerza
invisible y este parecía dar botes sobre el regazo de la niña.
El
profesor se giró con una cara algo siniestra hacia Alicia.
—¿Me
puede explicar —comenzó con una aterradora tranquilidad— qué
eso eso, alumna?
Alicia
tragó saliva. Las letras de la portada comenzaron a brillar. Ella
misma sentía cómo le iluminaban, señalándola como la culpable.
Incapaz de pensar en nada, arrojó lo más lejos que pudo el libro.
“Me
debería haber estudiado mejor el tema”
—pensó, y con resignación acompañó a Don Ovidio hasta el Aula
de Convivencia.
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